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Así lucha Abengoa contra su leyenda negra laboral

Los Reyes Eméritos inauguraron en 2009 en Sevilla el Campus Palmas Altas, la faraónica sede que la familia Benjumea encargó para su empresa, entonces una de las multinacionales españolas más potentes, un modelo de innovación tecnológica y sostenibilidad que era, además, miembro del selecto club del Ibex 35. Por aquel entonces, el hundimiento de hace un año, con la empresa al borde de la quiebra, era impensable.

Palmas Altas tiene una superficie de casi 100.000 metros cuadrados repartidos en siete edificios inteligentes y de diseño futurista firmado por Richard Rogers, premio Pritzker en 2007, en el que trabaja buena parte de los alrededor de 5.000 empleados que tiene el grupo en España. Tres restaurantes, guardería, zonas verdes, gimnasio... Palmas Altas era el lugar en el que cualquiera querría trabajar.

O no. La visión desde dentro no se parecía demasiado a un paraíso laboral. Más bien, todo lo contrario, hasta el punto de que la sede de la multinacional junto a la ronda de circunvalación SE-30 de Sevilla era conocida como «Palmatraz», en alusión a la famosa cárcel/isla americana.

El sobrenombre podría parecer exagerado, pero las condiciones laborales -que hoy denuncian muchos empleados y que años atrás eran un tabú innombrable- se acercaban bastante a lo que José María González, ingeniero industrial recién elegido presidente del comité de empresa de Abeinsa EPC, una de las principales filiales de Abengoa, no duda en calificar como una «semi cárcel».

Cuenta González en voz alta y otros trabajadores en susurros que el «miedo» ha sido el eje de la política de recursos humanos de la empresa durante años. Miedo a ser despedido, miedo a ser señalado, miedo a ser llamado al orden...

Tanto miedo había, cuenta González -en la empresa desde 2013- que nadie (o casi nadie) discutía órdenes y directrices que iban más allá del ámbito puramente laboral. Por ejemplo, la obligación de hacer uso del comedor de la empresa a la hora del almuerzo.

La plantilla debía permanecer en el recinto durante la hora de la que dispone para comer. El uso forzoso del comedor era la forma de asegurarse de ello.

No estaba escrito en ningún sitio, pero si algún empleado se saltaba la 'norma' era reprendido de inmediato. De una manera sutil, pero sin dejar lugar a dudas.

Un día, la reunión en la que participaba González se alargó más de lo previsto y no pudo ir al comedor. Apenas unas horas después, recibió una llamada telefónica en su puesto de trabajo: «Hemos detectado que no has ido a comer, intenta que no se vuelva a repetir», le dijo una voz que ni siquiera llegó a identificarse. Nada directo, pero el mensaje queda claro.

Tampoco estaba escrito, pero quien llegaba nuevo a Abengoa no tardaba en aprender que el horario de salida era algo más que flexible, aunque no para salir antes. «Todos teníamos asumido que había que echar horas extra al terminar la jornada», dice este ingeniero industrial que se estrenó como representantes de sus compañeros hace pocos meses.

Por supuesto, aclara, las horas de más no se pagaban.

Esto, añade, es una de las cosas que más han cambiado desde que la multinacional entró en preconcurso de acreedores y los dueños y anteriores gestores, con Felipe Benjumea a la cabeza, fueran apartados. Pero, aún así, sigue sucediendo.

Había que echar más horas, pero llegar tarde, aunque fuera por cinco minutos, era otra violación del código laboral de Abengoa.

Es curioso, cuenta, cómo todavía hoy se ven auténticas carreras de trabajadores cuando el reloj está a punto de marcar las 8.30 horas, hora punta de comienzo de la jornada.

Nadie quiere llegar tarde y, en la mayoría de los casos, es por ese «miedo» que impregna el ambiente en Palmas Altas. Por no quedar marcado y porque nadie quiere perder su trabajo, hoy más en riesgo que nunca.

Para controlarlo todo, cada paso de cada empleado, cada infracción al código peculiar de Abengoa, la empresa dispone de un sistema informático, el Bizagui, que detecta y registra cada falta de puntualidad, cada vez que un empleado no almuerza en el comedor y que envía por correo electrónico una alerta al trabajador instándole, por ejemplo, a justificar las faltas de puntualidad.

Si el retraso se debía a un atasco por un accidente de tráfico, el empleado hacía una foto con su móvil que luego enviaba al sistema para justificar su falta de puntualidad.

"Es algo psicológico"

«Se ha convertido en algo psicológico», resume José María González. «Sabes lo que hay; si no, ya sabes dónde está la puerta», añade. Sin convenio específico -jamás lo ha habido en Abengoa y sus filiales-, sin comité de empresa y en una empresa en la que «don» Felipe (Benjumea) era reverenciado, no había espacio para el disidente.

La empresa, o lo que queda de ella después de ventas de filiales y despidos, respira hoy algo más aliviada después de que el juez de lo Mercantil en cuyas manos está el procedimiento de preconcurso haya avalado el acuerdo alcanzado con los acreedores y que permitirá lo que desde la compañía se ha dado en llamar el nacimiento de la «nueva Abengoa».

Esa «nueva Abengoa» trata ahora de sacudirse las sombras alargadas de un pasado que no era tan brillante como aparentaba.

«Don» Felipe (Benjumea) es hoy un recuerdo en el espectacular complejo de edificios que inauguró junto a don Juan Carlos y doña Sofía y buena parte de su impronta, de sus usos y costumbres, ha empezado a desvanecerse. Incluidos algunas de las draconianas políticas laborales que le valieron a Palmas Altas el sobrenombre de Palmatraz.

Algunos de los rígidos protocolos a los que estaban sometidos los empleados aún permanecen, según los sindicatos, pero otros, reconocen, o se han suavizado o, directamente, han desaparecido.

Oficialmente, cuenta José María González, no ha habido ninguna comunicación oficial, ningún reconocimiento público de las restricciones de libertades que ponía en práctica Palmatraz. Pero algo ha empezado a cambiar. Sutilmente, demasiado lentamente para los empleados y para sus representantes...

Hasta hace apenas unas semanas, Abengoa impedía a su plantilla que se tomase libremente los puentes que quisieran. Había una norma según la cual no más del diez por ciento de los trabajadores de un departamento concreto podía ausentarse al mismo tiempo, lo que en la práctica se traducía en que disfrutar de un puente siendo empleado de Abengoa era poco menos que una utopía.

Lo mismo que tomarse unas vacaciones libremente. O se cogían en verano o se cogían en verano.

Y eso ha cambiado.

Hace poco más de un mes, los trabajadores de Abengoa recibieron, vía correo electrónico, una notificación del departamento de Recursos Humanos por la que se les comunicaba la modificación de las denominadas «Normas de Obligado Cumplimiento». Se trata de una especie de mandamientos que rigen la vida dentro de la compañía y que se completan con los llamados «Procedimientos de Obligado Cumplimiento».

En aquel correo, sin firma, la empresa daba cuenta de la desaparición de uno de los artículos en los que se divide el apartado cuatro de las normas, el que fijaba cómo debían cogerse puentes festivos y vacaciones.

Pero ésa es la única de las restricciones públicamente derogada. La empresa ni siquiera reconoce el resto de las normas que hicieron célebre a Palmatraz.

Oficialmente nunca ha habido coacciones, ni amenazas veladas por acumular faltas de puntualidad o no utilizar el comedor. Y, mucho menos, se ha despedido a ningún trabajador por violar el estricto código laboral.

Lo que no existió no puede eliminarse, aunque los empleados consultados dan fe de que un día Palmas Altas se convirtió en Palmatraz. Lo mismo que dan fe de que la situación ha cambiado notablemente y de que el miedo no está tan omnipresente como antes.

Al menos el miedo a las consecuencias de incumplir estas normas. Ahora el temor se centra en los expedientes de regulación de empleo que ya han dejado en la calle a cientos de trabajadores. Esta misma semana, Abengoa ha anunciado nuevos despidos en dos de sus mayores filiales.

Los controles se han relajado y al comedor de la empresa acude ahora el empleado que no tiene una opción mejor. O, simplemente, el que prefiere algunos de sus menús -por siete euros como máximo- a ir a casa a mediodía.

«La gente ahora es más eficiente», se felicita el presidente del comité de empresa de Abeinsa EPC, que, pese a todo, cree que hay todavía camino por recorrer.

La leyenda negra de Abengoa tardará bastante aún en desaparecer, aunque empieza a disiparse.

 


 

Autor: Chema Rodríguez // http://www.elmundo.es/

 

 

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