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Uno más de los huecos que Agustín nos deja

Desde el primer número de Barricada de Papel, los contenidos de esta página han sido redactados por Agustín. Este es, por tanto, uno de los tantos huecos que nos deja.

Directa o indirectamente, firmando como Mouatamid, Agustín ha sido el responsable de llenar de contenido esta sección “Entorno”. Pues, además de su intensa vida orgánica en la CGT, Agustín era de esas personas que no caben en unas siglas y que ponen rostro a una organización. Agustín no solo era de la CGT, era para muchas la personalización de la CGT. Muchos movimientos sociales y organizaciones sindicales del norte de África son nuestro entorno porque Agustín se encargó de establecer relaciones, lazos de amistad y colaboración con ellos, haciendo que fueran también parte de nosotros.

Resulta ilustrativo que, a pesar de la cantidad de compañeros y compañeras de la CGT que fuimos a despedirlo, fuéramos solo una minoría en su entierro. Que, a pesar de la cantidad de compañeros de toda la vida, y por tanto de su generación, que se reunieron ese día, hubiera una mayoría de jóvenes. La precipitación de una muerte que nunca avisa impidió la presencia de los que estaban lejos, al otro lado del Estrecho que él estrechó. Éramos todos los que estábamos, pero no estaban todos los que eran. Sin estarlo, el que más presente estaba era el propio Agustín.

Dejará un hueco en estas páginas. Será raro no verlo en un congreso, pegándose a la cara los papeles para asomarse por encima de sus gafas y poder leerlos. Nos quedará la duda de por qué tenía que asomarse por encima de unas lentes que supuestamente usaba para leer, de cómo viendo tan poco, tenía una visión tan amplia y clara. Hasta en la bandeja de entrada de nuestros correos electrónicos se nota el hueco. Muchos se preguntaban precisamente de dónde sacaba hueco para procesar tanta información. Sobre eso sí tengo una respuesta.

En un Congreso andaluz varios compañeros compartíamos habitación. A la hora de dormir Agustín quiso encender su ordenador porque “tenía unos correitos pendientes”. La decisión asamblearia fue que la mayoría queríamos dormir y que se apagaba la luz. Agustín aceptó, pero no se conformó. Maquinó la forma de buscarse una mesilla de noche y una silla para instalarse en la ducha. Encorvado sobre el portátil, pegado a la pantalla y con la luz tenue del baño, se montó su particular oficina nocturna y entonces comprendimos esos correos que encontrábamos cada mañana en nuestra bandeja enviados a horas intempestivas. Comprendimos de dónde sacaba Agustín el tiempo para tanta actividad; se lo robaba al sueño, se lo robaba, al fin y al cabo, a la muerte.

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