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Manuel Muñoz Frías, viento de libertad

Manuel Muñoz Frías, viento de libertad


Antonio Somoza | 18-12-2013


Hace apenas 10 días falleció Manuel Muñoz Frías, un amigo del alma, una buena persona. Me hubiera gustado haberle conocido antes, mucho antes para disfrutar más de él, de su compañía. La primera vez que le ví fue en una de las primeras asambleas de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Málaga, celebrada en la sede de CGT, cuando todos los demás partidos y sindicatos se afanaban en cerrar puertas y ventanas a los anhelos de los familiares de los fusilados por la dictadura.

Muchos años antes de que yo le conociera, Manolo había sabido vencer las dificultades de una postguerra cruel y se había labrado un futuro profesional con el que poder vivir con dignidad, sin olvidar nunca que la dignidad verdadera siempre tiene que ser compartida. Desde muy joven dedicó buena parte de su vida a luchar contra la dictadura que había destrozado su familia y la de millones de españoles. El sindicalismo y el movimiento vecinal en la época de la transición fueron sus campos de oposición al franquismo y a las desigualdades sociales.

Cuando yo le conocí -ya jubilado y con algunos achaques- Manolo había centrado sus esfuerzos en reivindicar la memoria de su familia. Ya para entonces el había recuperado todos los avatares familiares y los había narrado en primera persona en un libro muy especial dedicado a sus nietos y titulado “Crónica de un niño en la guerra” y subtitulado “De cualquier niño, de cualquier guerra, en cualquier lugar”. El libro comienza con anhelo utópico: “No deberían existir las guerras hasta que los niños fuesen todos mayores” y continuaba, con prosa sencilla y muy amena, desgranando las andanzas y desventuras de Miguel Muñoz, su mujer Mercedes Frías y sus siete hijos varones. Un relato durísimo, a pesar de que Manolo, con su optimismo vital a cuestas, se detuviera más en rescatar los buenos momentos, por escasos que fueran, que en regodearse en las penurias, las miserias y las maldades que tuvo que sortear.

A pesar de no contar con estudios fue capaz de formarse como técnico mecánico especializado en ascensores y dedicó buena parte de su tiempo a asegurarse una formación técnica y cultural. Algo que la dictadura negaba a los hijos de los rojos. Cuando Manuel se acercó a las primeras reuniones de la ARMH, no lo hizo para recuperar la dignidad de su padre, de su madre y de sus hermanos, porque difícilmente se puede recuperar algo que nunca perdieron. Lo hizo porque le sublevaba que la Justicia actual siguiera amparando la mentira jurídica que sirvió de escusa para fusilar a su padre y para arruinar a su familia. “No descansaré –decía- hasta que no consiga que se anule la sentencia del juicio que le hicieron a mi padre y en el que le condenan a muerte por alzarse contra el gobierno legítimo de Burgos…, eso no se puede consentir porque mi padre nunca fue un traidor y siempre fue leal al único régimen legal que había en aquel tiempo, la República”.

En estos últimos años he tenido el privilegio de acompañar a Manolo en varias charlas celebradas en distintos lugares, pero especialmente en centros educativos de la provincia: los institutos Gaona, Los manantiales de Torremolinos, Campanillas, Reyes Católicos de Vélez y en el Centro Cívico de Málaga, con alumnos de varios centros que visitaron la exposición de Todos los Nombres. En todas las charlas, a mi me tocaba aburrir y abrumar a los muchachos y muchachas con una explicación histórica de la represión, mientras que Manolo se encargaba de dibujar en el corazón de los jóvenes los verdaderos trazos de aquel momento: la injusticia, el hambre, el dolor infinito, los miedos... Pero no era solo eso, Manolo tenía la capacidad poco habitual de transmitir la energía necesaria para enfrentarse a los problemas y aprovechar las oportunidades que ta da la vida.

Al escucharle hablar y tras hojear su libro, los muchachos no podían dar crédito cuando les aseguraba que él, hasta que dio la primera de estas charlas, “sólo había entrado a un instituto para arreglar los ascensores”. Quizás por eso no perdía la ocasión para animarles a ser buenos estudiantes, a que aprovecharan las oportunidades que él no tuvo. No lo puedo asegurar, pero estoy íntimamente convencido de que aquellas charlas de Manolo ayudaron a más de uno a tener una idea más clara de lo que supuso la dictadura en España y, sobre todo, a tener un actitud valiente, comprometida y solidaria ante la vida.

Por más que trato de hacer memoria, no encuentro ni un solo recuerdo de Manolo que me invite al llanto; tan solo quizás que su salud no le permitiera asistir a la inauguración del monumento a los más de 4.000 malagueños que, como su padre, fueron fusilados en las tapias del Cementerio de San Rafael. Está programado para el próximo enero, pero Manolo no pudo llegar. A pesar de todo, no me salen las lágrimas. Quizás sea porque Manolo, como el Che Guevara, es de los que no querían lloros, de los que nunca estarán bajo tierra, porque son viento de libertad.

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